Lo cual no fué óbice para que la prensa al día siguiente le declarase por hombre peritísimo «en asuntos financieros».

Cuando Miguel le fué á dar la enhorabuena, estaba sudando copiosamente; pero impasible y sereno como un dios, rodeado por todos los miembros de la comisión de presupuestos.

Salieron juntos del Congreso, y fueron á refrescarse al café de La Iberia. Después de charlar allí poco tiempo, llevando la palabra Miguel (ya sabemos que Mendoza no era hombre que malgastase su saliva á tontas y á locas), dijo éste levantándose:

—Vaya, Miguelito, dispensa que te deje: tengo algunas cosas que hacer.

Los ojos del hijo del brigadier expresaron el asombro y la indignación.

—Con las glorias, Perico, se te van las memorias. ¿No habíamos quedado en ver al Presidente después de la sesión?

—Es verdad; se me había olvidado—repuso Mendoza sin poder reprimir un gesto de tristeza y disgusto.—Yo no sé si en este momento... Se acerca la hora de comer...

Miguel, á quien no se le había escapado aquel gesto, dijo con la impetuosidad que le caracterizaba:

—Oyes, ¿te figuras que yo he perdido lastimosamente dos horas oyéndote citar datos que se encuentran en cualquier anuario de estadística, sólo por el gusto de hacerlo?... ¡Nunca pensé que tu egoísmo fuese tan refinado! Me ves á dos dedos de la ruina por tu causa, sólo por tu causa, y en vez de dedicar todas las fuerzas á salvarme, con lo cual no harías más que cumplir con tu deber, manifiestas olímpica indiferencia. Ni siquiera quieres molestarte yendo de aquí á la Presidencia. ¡Esto es indigno, repugnante! Te he dispensado muchas cosas en mi vida, Perico; pero esto pasa ya de la raya.

Rivera estaba trémulo y descompuesto al pronunciar estas palabras.