—No seas tan polvorilla, hombre, que yo no me he negado á ir contigo á la Presidencia ni á ninguna parte—dijo Mendoza poniéndole la mano en el hombro, mientras se dibujaba en sus labios la sonrisa humilde que llamaba Miguel «de perro de Terranova».—Vamos ahora mismo á la Presidencia.
—Vamos—dijo Rivera secamente, levantándose.
Á los pocos pasos ya le había desaparecido el enojo. Cuando llegaron, aún no había entrado el Presidente. Mendoza, como diputado, penetró en el despacho desde luego con Miguel, y allí le aguardaron ambos, sentados cómodamente en un diván, mientras la caterva de pretendientes se pudría en la antesala. No tardó en oirse el ruido de un carruaje en el portal. Al instante comenzaron á sonar rabiosamente todos los timbres de la casa.
—Ahí está el Presidente—dijo Mendoza.
En efecto, á los pocos segundos, entró en el despacho acompañado de varios diputados. Al ver á Mendoza, le saludó en el tono familiar y campechano con que se saluda á los amigos que se ven todos los días.
—Bien trabajado, querido Mendoza, bien trabajado. Ha producido muy buen efecto.
Aludía al discurso.
Aquél, en vez de acortarse ante la grandeza del personaje que tenía delante, le respondió en el mismo tono familiar y corriente. A Miguel no dejó de causarle maravilla aquel aplomo. Porque él, con estar más avezado al trato social, no podía menos de sentir cierta emoción respetuosa ante el hombre que empuñaba á la sazón las riendas del Gobierno. Tendría unos cincuenta años: era rubio, pálido, de facciones correctas y no desagradables. Lo único que afeaba su rostro era una fila de dientes grandes que dejaba harto al descubierto cuando sonreía; y lo hacía á menudo, por no decir constantemente.
—Le presento á mi amigo Miguel Rivera, director que es actualmente de La Independencia.
—Ya tenía noticias de este señor. Muchísimo gusto en conocer á usted personalmente, Sr. Rivera—dijo el Presidente, estrechándole la mano con excesiva amabilidad.