—Ustedes me dispensarán un momento, ¿no es verdad?—añadió, tocándoles en el hombro á ambos.—Tengo que hablar cuatro palabras con aquellos señores... Soy con ustedes al instante.

El instante fué de cerca de media hora. Miguel estaba ya impaciente. Sin embargo, le había complacido mucho la acogida cortés del Presidente y por eso le perdonaba sin dificultad la tardanza.

—Ea—dijo después que hubo despedido á todos,—ya soy de ustedes. ¿Qué se le ocurre, amigo Mendoza?

—Quería saber si han resuelto ustedes algo acerca del distrito de Serín.

—¿Qué distrito es ese; el que deja el General Ríos?—preguntó, dejando momentáneamente de sonreir y fijando los ojos en el balcón.

—Sí, señor.

—Hasta ahora no hemos pensado en los distritos que quedan vacantes. Las segundas elecciones tardarán dos meses lo menos en efectuarse.

—Aquí, mi amigo Rivera, tiene el proyecto de presentarse por ese distrito, en el caso de que el Gobierno le apoye.

—Tempranito es aún. Hace usted bien, sin embargo, en no descuidarse... ¡Pero usted, amigo Mendoza, es un pozo de ciencia!—añadió alegremente, sin poder saberse á punto fijo si hablaba ó no con ironía.—¡Vaya un discurso nutrido el que usted nos ha dado esta tarde!

Brutandór bajó la cabeza é hizo todo lo posible por sonreir.