—Con ustedes no gasto ceremonias, porque son amigos. Acompáñenme ustedes á comer, y así hablaremos con más espacio y comodidad.
Y les hizo pasar á un gabinete reservado donde estaba puesta la mesa. Ni Mendoza ni Miguel aceptaron la invitación; pero éste agradeció aquella amable franqueza.
Se puso á comer el Presidente, deplorando repetidas veces que no le acompañasen; mostróse cada vez más expansivo y cariñoso con Mendoza y abrumó á Miguel con finas y delicadas atenciones, ahora hablándole de su padre, á quien había conocido, y haciendo de él calurosos elogios, ahora recordándole algún buen artículo de La Independencia, otras veces, en fin, informándose con visible interés de los pormenores de su vida, si estaba casado, cuánto tiempo hacía, dónde había estudiado, en qué se ocupaba, etc., etc. Contóles varias anécdotas picantes, é hizo algunos retratos chistosos de personajes políticos ya fallecidos á quien en tiempos antiguos había tratado. De los vivos, aunque fuesen de oposición, hablaba siempre con bastante miramiento. Interrumpiéndose de pronto, dijo á Miguel:
—¿No es verdad, Sr. Rivera, que el Presidente del Consejo es un tantico desvergonzado?
—Dicen que Richelieu también lo era—respondió Miguel inclinándose.
—Siento tener sus defectos y no sus cualidades. ¡No sabe usted lo que yo envidio á esos hombres reservados, comedidos, prudentes... así como nuestro amigo Mendoza!
Tampoco era fácil saber ahora si el jefe del Gobierno hablaba en serio.
—Yo no: es privarse de uno de los mayores placeres de la vida.
—Convengo en ello; pero el más caro de todos.
Y á este propósito les refirió varios lances en que el decir con franqueza lo que pensaba le había ocasionado graves daños. Era su conversación alegre, insinuante, sin sombra de orgullo. Pecaba, al contrario, de excesiva familiaridad. Cuando terminó de comer, ofrecióles galantemente cigarros, y encendiendo uno, y echándose hacia atrás en la silla, preguntó á Rivera: