Maximina estaba pendiente de sus labios como si se hallase en el ejercicio de preguntas de una oposición á cátedra.

—Á ver con usted, Plácida—dijo, procurando ocultar su aflicción.

Plácida se destacó del grupo como una artista del circo de Price que sale á ejecutar su trabajo. Levantó el niño con sorprendente maestría, lo movió de Norte á Sur, después de Oriente á Occidente y le hizo con voz recia las preguntas consagradas: «Chiquirritín, monín, botón de rosa, clavel, ¿quieres llamarte Miguelito como tu papá? ¿Quieres llamarte Enriquito como tu tío? ¿Quieres llamarte Serafín como tu tía?»

Un silencio lúgubre siguió á estas palabras. Todos los ojos estaban clavados en el joven opositor, quien lejos de mostrar predilección por ninguno de los nombres que le indicaban, manifestó bien claramente, aunque en forma inarticulada, que no hallaba motivo para que por mera cuestión de nombres le batiesen tanto los hipocondrios.

—¿Lo veis?—dijo Miguel.

—Es que ahora no está de humor de reirse—contestó Maximina muy desabrida.—Tampoco tú te ríes cuando te lo mandan. Además, ahora debe de tener hambre. ¡Traédmelo, traédmelo! ¡Pobrecillo de mi vida! ¡Corazón mío!

Y la niña-madre ocultó á su hijo dentro de las sábanas y le puso el pecho en la boca.

A los tres días se efectuó el bautizo. Con la resignación melancólica que las madres manifiestan en este caso, Maximina dejó que le llevasen á su hijo.

—Ya es cristiano, señorita—le dijo la muchacha entregándoselo.

La niña lo besó con ternura y lo apretó contra su seno diciendo por lo bajo: