—Vaya, están ustedes locas—dijo D.ª Martina.—¡Si no tiene más que dos días!
—No puede ser—manifestó Maximina poniéndose, sin embargo, colorada de la impresión.
—Que sí, señorita, que sí—prorrumpieron todas.
—Verá usted cómo fué, señorita—dijo una de ellas muy sofocada.—Estaba la señorita Serafina así con el niño, ¿sabe? Y voy yo y le cogí así, por la espalda, ¿sabe? y lo levanté en alto, y lo empecé á menear y á decirle: «Chiquirritín, botón de rosa, clavel, ¿quieres llamarte Miguelito como tu papá?» El niño, nada. «¿Quieres llamarte Enriquito como tu tío?» Tampoco hizo nada. «¿Quieres llamarte Serafín como tu tía?» Entonces abrió los ojillos un poco, ¿sabe? ¡y nos hizo una muequecita tan salada!
Maximina sonreía como si estuviese escuchando un secreto celeste. Lo mismo ella que la tía Martina se dejaron convencer al instante; pero Miguel se resistió.
—Yo, en materia de sonrisas de niños, por más que cuenten cincuenta y siete horas de existencia, tengo un escepticismo inveterado. Soy como Santo Tomás: «Ver y creer».
—Que se ha reído, Miguel, no te quepa duda; te lo aseguro yo—dijo Serafina.
—No me ofreces garantías suficientes de imparcialidad.
—Bueno; pues va á hacerlo otra vez. Ya verás.
Serafina cogió el niño y lo levantó por encima de la cabeza con gran decisión, preguntándole al mismo tiempo si deseaba llamarse Serafín, á lo cual el niño no juzgó oportuno responder, tal vez por un exceso de diplomacia, porque no sería raro que el nombre le pareciese ridículo.