—Le preguntaba de qué enfermedad.
—¡Ah! No sé qué nombre le da el médico. Además, Encarnación, la doncella, que ya sabéis que era mis manos y mis pies, se ha casado el lunes de la semana pasada. No os podéis figurar cómo está la casa desde que ella salió. Aquello es una república, hijos. Yo no puedo multiplicarme: ¡como hacía doce años que descansaba en ella!... Ella tenía las llaves de la ropa blanca; ella tomaba la cuenta á la lavandera; ella sacaba el chocolate y los garbanzos; ella avisaba en el almacén de vinos, cuando hacía falta, y mandaba por aceite y por azúcar; ella planchaba las camisas á Carlos y Enrique (porque Vicente las manda á planchar fuera). En fin, yo apenas estaba enterada de lo que comían los criados, porque ella los traía bien sujetos...
—¿Y Enrique? ¿Qué es de él?—preguntó Miguel, temiendo que su tía, hablando de criados, no concluyese nunca, según su costumbre.
—Esa es otra. ¡Empeñado en casarse con la chula! No hay quien se lo saque de la cabeza. Su padre no quiere oir hablar de él siquiera, y ya ha dicho que, si continúa en relaciones con ella, lo echa de casa. Vicente y Eulalia tampoco le dirigen la palabra. Quien paga los vidrios rotos en casa soy yo, porque á mí me da lástima, ¿sabéis?
—Sí; Enrique siempre ha sido el preferido.
—Toda la familia se empeña en eso, y no es verdad; pero como veo que es el más desgraciado... Él, en cambio, me trata peor que á un zapato.
La entrada de Serafina con el chico, cortó de nuevo la conversación. Detrás de ella venían todas las criadas, dando muestras de viva agitación.
—¿Qué pasa?
—Que el niño se ha reído—dijo Serafina.
—Se ha reído como hay Dios en los cielos, señorita—confirmó una criada.