Miguel asintió con la cabeza, reprimiendo á duras penas una sonrisa; pues le hacía gracia que su tía encontrase verosímil el que un joven la galantease.

—Yo soy una mujer honrada... Serafina, no vengas á aquí; vuélvete con el niño al comedor—dijo, interrumpiéndose al ver á su hija entrar en la alcoba con la criatura en los brazos.—Toda la vida lo he sido. Ni con el pensamiento he faltado jamás á mi marido. En pago de esto, ahora me avergüenza delante de los criados, tratándome poco menos que como una mujer pública. Yo no puedo sufrir más tiempo este martirio, Miguel. Me muero, me muero sin remisión. El otro día armó un escándalo porque halló una colilla de cigarro en mi gabinete. Como ni Vicente ni Carlos fuman, se empeñaba en que allí había estado Hojeda. Hasta sostenía que era de un cigarro igual á los que éste fuma, cuando en su vida fumó pitillos. A mí me acometió un desmayo: hubo que llamar al médico. Por fin, allá de noche, viendo el grave disgusto que en casa había, un criadillo de quince años que tenemos le confesó á la doncella que había sido él quien dejara olvidada la colilla, y ésta se lo fué á decir á Bernardo. Pues aunque lo despidió al instante, todavía no quedó tranquilo. No nos duran los criados más de quince días. Todos se le figura que son alcahuetes del boticario... Anteayer subió el chiquillo de los periódicos y me los entregó á mí, que pasaba casualmente por el corredor. Mi marido, que lo ve, se le mete en la cabeza que es un emisario y sale corriendo al balcón. ¡Por cuanto á los pocos minutos pasaba por la calle Hojeda!... No os quiero decir lo que allí pasó; ¡un delirio, una catástrofe! Si no es por Vicente, me mata con el revólver... No puedo salir sino acompañada de mi hija, y eso dejando escrito en un papel adónde voy... Ha mandado deshacer todos los colchones de la casa para hallar unas cartas que dice que yo tengo ocultas.... En fin, ¿queréis más? Ha mandado poner una reja á la chimenea, porque piensa que por allí entra Hojeda en casa...

—¡Ave María! ¡Está loco el pobre tío!—exclamó Miguel.

—No lo creas: habla tan acorde como tú y como yo, y no se le olvida nada.

—Tía, no está usted fuerte en frenopatía. Los locos han progresado, como todo en este mundo. Ahora discurren y hablan como los demás. Para distinguir un loco de un cuerdo es necesario acudir á los especialistas. Por consiguiente, no se meta usted en honduras; cuanto más que mi tío está dando señales muy sospechosas hasta para los profanos.

Loco ó cuerdo, quiero separarme de él, porque mi vida es un infierno. Pero una vez que solté la especie, se puso frenético, diciendo que yo deseaba el divorcio para unirme con mi querido, y que me daría seis tiros si llegaba á hacerlo...

—¡Pobre tía!—dijo Maximina llorando también.

—¡Qué os parece de mi vida!... Pues no es eso sólo. Tengo otra porción de disgustos encima. Una niña de Eulalia la tenemos casi ciega...

—¿De qué?—preguntó la joven madre.

—¿De qué ha de ser, muchacha? De la vista.