XVIII
O estás enojada conmigo, Maximina? ¡Dejarte sola todo el día!—dijo, acercándose á la cama de su esposa.
—¡Bah! Cuando tú lo has hecho, por algo sería—respondió ella besándole la mano con que la acariciaba el rostro.
Al día siguiente, recibieron la visita de la tía Martina y de su hija Serafina. La buena señora había enflaquecido notablemente: ¡tal vida llevaba con su marido! Don Bernardo estaba cada vez más loco con sus disparatados celos. Al referirles lo que en su casa acaecía, lloraba á lágrima viva.
—Al cabo de cuarenta años de matrimonio, ¡cómo se me había de ocurrir faltar á tu tío, Miguel! ¿No te parece que tengo bien probada mi virtud? Y si hubiera de caer, además, no sería con un viejo carcamal que huele á drogas de una legua, como tú comprenderás, ¿no es cierto?...