—¿Y el General está conforme con la candidatura del señor?
—Desde luego; es antiguo amigo suyo. Por él le he conocido yo.
—Pues si es así—dijo levantándose y poniendo una mano en el hombro á Miguel,—cuéntese diputado.
Sintió éste un leve estremecimiento de placer, y respondió, levantándose también:
—Muchísimas gracias, señor Presidente.
—No las acepto. ¡Qué otra cosa pudiera yo desear que todos los diputados de la mayoría fuesen como usted!... No deje usted de venir por aquí á charlar algún rato. Aunque las elecciones se retrasarán todavía un poco, conviene que usted escriba al distrito y se entienda por medio del General con alguna de las personas caracterizadas. No dé usted manifiesto ninguno. Cuando llegue la ocasión, ya escribiremos al gobernador. Adiós, señores; tanto gusto en conocer á usted. Ya sabe usted dónde me tiene á sus órdenes. No me olvide usted, y déjese ver por aquí alguna vez.
Miguel salió entusiasmado de la entrevista. Cuando estuvo en la calle, exclamó:
—¡Pero qué simpático es el Presidente, Perico! Cualquier jefe de negociado está más hinchado que él, en su oficina. Bien se echa de ver la superioridad de las personas, cuando es legítima. Ya no me sorprende que tenga tantos amigos y tan decididos... ¡Es tan fácil á un personaje elevado conquistárselos! Aquí me tienes á mí que con sólo una acogida natural y afectuosa y algunas frases de cortesía, soy capaz de matarme por él.
—No hay que descuidarse en escribir al General—dijo Mendoza gravemente.
—¡Eres un hombre de hielo, Perico! Para ti no hay amistades ni odios, hombres simpáticos ó antipáticos. De todos tomas lo que te hace falta y sigues tu camino... Quizá tengas razón.