—Sí, sí, más vale que yo garantice también esos cinco mil duros—dijo Miguel con acento sarcástico. Así se libran ellos y usted de molestias.

—Yo, Sr. de Rivera, siento muchísimo perjudicar á usted...

—Nada, no lo sienta usted; cuando se tiene á un hombre cogido por el cuello se debe apretar... Á ver ¿dónde está ese pagaré?... Extienda usted el otro.

Eguiburu, ruborizado, le alargó un papel, y Rivera lo firmó con mano nerviosa. Tenía el semblante demudado y la voz alterada; pero conservaba una actitud grave y fría.

—¿No ha extendido usted aún el pagaré de los ciento once mil reales?—preguntó con sequedad.

—Voy allá, Sr. de Rivera—respondió el banquero, sin poder ocultar cierta confusión, que probaba que aún no había perdido del todo la vergüenza.

Cuando hubo terminado, Miguel lo firmó, dejó caer la pluma con orgulloso ademán, y se despidió, inclinando la cabeza.

—Buenas tardes, señores.

Salió sin dar la mano á ninguno.

Las mejillas le echaban fuego cuando se encontró en la calle. Lo primero que hizo fué ir á la redacción de La Independencia, y anunciar á los redactores y empleados que el periódico cesaba en su publicación. Escribió un artículo de despedida, y dejó medio arreglados los asuntos. En los días siguientes quedaron zanjados por completo.