Muerta La Independencia, quedó más desahogado y pudo consagrarse enteramente á «trabajar la elección». En ella tenía cifrada su esperanza. Si salía diputado, confiaba hacerse notar pronto entre la mayoría: su palabra no era torpe: estaba avezado además á la polémica: finalmente, se juzgaba con más ilustración que la mayor parte de los que á la sazón representaban al país. Se aplicó, pues, con ahinco á buscar recomendaciones, no sólo de primera, sino de segunda, tercera y hasta de cuarta mano, escribió numerosas cartas é hizo varias visitas. Guardóse, no obstante, de hacérselas por de pronto al Presidente: tenía suficiente malicia ó tacto para comprender que no debía mostrar un afán demasiado vivo, á fin de que no se le desdeñase. Lo mejor era trabajar por su cuenta primero, y después recordar al ministro su palabra.
Mendoza no aprobó la muerte de La Independencia.
—Ha sido un mal golpe, Miguel, que te puede costar caro—dijo, torciendo el gesto.
—¿Qué querías—respondió impetuosamente aquél,—que estuviese soportando de mi bolsillo todos los gastos, además de la fianza que tengo encima?
—Aun haciendo un sacrificio, te hubiera convenido sostener el periódico al menos hasta después de la elección.
Miguel todavía se empeñó en sostener lo contrario; pero en el fondo, al instante vió claramente que su amigo tenía razón y que había obrado con ligereza.
Trascurrido un mes ó más desde la primera visita que hizo al Presidente, determinó hacerle la segunda. Se fué allá á la hora en que solía estar en su despacho. El portero le dijo que su excelencia estaba ocupadísimo hablando con una comisión de diputados catalanes y que había dado orden de no dejar pasar absolutamente á nadie.
—Necesito hablarle: él ha sido quien me ha invitado á venir por aquí.
El portero le miró con esa expresión de indiferencia y fatiga, preñada en el fondo de desprecio, del que está escuchando constantemente las mismas cosas y sabe que son mentira.
—Si usted quiere aguardar, puede sentarse.