Aquello quería decir:

—¡Qué retonto es usted, amigo! ¿Cree usted que tengo ganas de oir simplezas?

Miguel se ruborizó y fué á sentarse en un diván de la antesala donde había otras seis ú ocho personas aguardando.

Al poco rato entró un caballero de paletó, muy finchado, y el portero se inclinó reverente y le abrió la mampara del tabernáculo presidencial. De modo que la orden de no dejar pasar «absolutamente á nadie» era una farsa del portero. Miguel se levantó vivamente, y le dijo abriendo su cartera:

—Tenga usted la bondad de entregar esta tarjeta al Presidente.

—No puedo, caballero; tengo orden...

—Le digo á usted que entregue esa tarjeta al Presidente—repitió más alto y con acento enérgico que impuso al ujier, quien la tomó por fin, aunque murmurando, y entró en el despacho.

—Aguarde usted un instante, caballero—dijo saliendo otra vez.

Hora y media esperó; pero estaba resuelto á hablar con el jefe del Gobierno, y no bastaron á hacerle desistir de su propósito ni las miradas burlonas del portero, ni su propia impaciencia, que era grande. Al fin se abrió la mampara y salió un grupo de diputados, y entre ellos el Presidente con el sombrero puesto y con todas las trazas de irse á la calle.

—¡Ah! Sr. Rivera—dijo viéndole.—Dispénseme usted... Tantas cosas tengo en la cabeza... ¿Quiere usted que entremos en el despacho?