—No merece la pena—replicó Miguel, entendiendo que aquello molestaría al prócer.
Este le cogió familiarmente por la solapa de la levita, y lo llevó al hueco de un balcón.
—Viene usted á hablarme del distrito, ¿eh? ¿Cómo lo tiene usted?
—Creo que bastante bien. Hasta ahora, me parece que no hay oposición.
—Tenía que hablarle de esto. Pensaba escribirle para que viniese por aquí. Me alegro que usted se haya adelantado. Ayer me han dicho que por ese distrito trataba de presentarse Corrales.
—¿Quién, el ex ministro moderado?
—El mismo. No creo que tenga allí ningún arraigo, ni que el Gobierno necesite ejercer gran presión para derrotarle; pero conviene no vivir descuidados. Por nada en el mundo quisiera que el representante más genuino, y uno de los más temibles del moderantismo, se nos colase de rondón en nuestra casa. Porque el distrito de Serín es nuestra casa, puesto que ha elegido á Ríos, que es factor importante de la revolución. ¿Ha trabajado usted mucho?
—Bastante.
—Bien; pues uno de estos días tráigame usted los datos que tenga reunidos, los nombres de los alcaldes que nos sean contrarios, y los de las personas sobre las cuales el Gobierno pueda influir. En tanto, no ceje usted un momento. Comprometa usted á los amigos que han dado la elección al General; pero no se fíe usted mucho de las palabras. Procure usted tenerlos cogidos de algún modo, bien con promesas ó con amenazas. Quedamos en que usted me traerá los datos, ¿verdad? Adiós, Rivera. No olvide usted el camino de esta casa.
Se despidió con un cordial apretón de manos. Miguel quedó, como la vez pasada, plenamente satisfecho. El jefe del Gobierno tenía un tacto especial para hacerse perdonar sus descortesías, un carácter abierto y cariñoso, que cautivaba inmediatamente á cuantos se le acercaban.