Quince días tardó en verle de nuevo, porque dos veces que había ido, se le dijo que su excelencia no podía recibirle por estar despachando con el subsecretario.
—Hola, Rivera; ya sé que ha estado usted otra vez aquí. He sentido en el alma no poder verle. De todos modos, hasta ahora no corría prisa el asunto. Vamos á ver; siéntese usted. ¿Cómo lleva usted ese distrito? ¿Le da á usted mucho que hacer Corrales?
—Hasta ahora no es gran cosa.
—¿De veras?—dijo el Presidente sorprendido.—Pues muy distintas son mis noticias entonces. Me han dicho que se está moviendo de un modo prodigioso; que el clero trabaja por él con decisión, y que algunos de nuestros amigos, á quienes, al parecer, Ríos no ha podido ó no ha querido servir, se le han pasado con armas y bagajes... Pero es posible que usted esté mejor informado.
—Sr. Presidente, las cartas que de allá recibo no dicen nada de eso; antes me aseguran todos los amigos del General que estando éste conforme con mi candidatura, y apoyado por el Gobierno, no es posible dudar por un momento del triunfo.
—Con todo, es conveniente que usted vaya en persona á allá, hable con ellos y vigile la elección. Los que llevamos algunos años en la vida pública, sabemos que no hay ninguna segura.
—Está bien. ¿Cuándo cree usted que debo marcharme?
—Cuanto antes mejor; pero antes pásese usted por aquí á fin de que yo le dé algunas cartas. Para el gobernador no la necesita usted, puesto que ya sabe hace tiempo que es usted el candidato oficial... Además, creo que ustedes se tratan...
—Sí, señor; le he conocido cuando era redactor de La Iberia.