Con Maximina sostenía el caballero andaluz largas conversaciones acerca de sus viajes, fijándose en las costumbres domésticas de otros países.

—Mire usted (Saavedra no tuteaba á Maximina; á Miguel sí), en Inglaterra se come cinco veces al día. Por la mañana se desayuna uno con cualquier cosa: á las nueve ó las diez se hace un almuerzo relativamente fuerte: á la una, otro más flojo: á las cinco ó las seis, se come, y al tiempo de retirarse también se toma algo.

Maximina, como ama de casa, se interesaba por estos pormenores, preguntaba el precio de las viandas y el de las habitaciones. Admirábase muchísimo de la libertad que en aquellos países tenían las mujeres para salir solas por la calle y aun para viajar.

—Vamos, el gran país para Maximina—decía Miguel.—Le da vergüenza ir sola á misa, y está la iglesia á cuatro pasos.

La niña sonreía avergonzada.

—Pues ayer he ido con Juana á la calle de Postas á comprarte calzoncillos.

—Hé ahí una palabra que no podía usted pronunciar en Inglaterra delante de gente.

—¡Madre! ¿Y cuando los compran, cómo los llaman?

—Lo dicen al dependiente bajo secreto de confesión—respondió Miguel.

—No haga usted caso—dijo Saavedra riendo.—Para aquellas damas los dependientes de comercio no son gente.