También procuraba ponerla en algunas confidencias íntimas de su casa y familia, pidiéndole consejo y siguiéndolo á menudo.
—La verdad es que en punto á buenos consejos no echo de menos á mi madre. Usted, Maximina, hace sus veces divinamente. Me declaro hijo adoptivo de usted, aunque bien puedo ser su padre.
—Pero no es usted todo lo obediente que yo quisiera.
—Sólo en un punto, ya lo sabe usted... En los demás la obedezco ciegamente.
El punto era el del matrimonio. Maximina no cesaba de aconsejarle que se casase.
—Hasta ahora no he hallado una mujer que me satisfaga para esposa—contestaba él.
—¿Por qué no se casa usted con Julia?—le dijo un día á boca de jarro, con la ingenuidad que la caracterizaba.
D. Alfonso quedó un poco confuso.
—Julia es una buena chica... muy bien educada... tiene talento... es bonita... Pero aquí, en confianza, Maximina, ¿cree usted que yo sería feliz con Julia?
—¿Por qué no?—replicó la niña.