Saavedra guardó silencio unos instantes, quedando en actitud reflexiva. Después, dijo:
—Ya comprenderá usted que siendo usted su cuñada y yo su primo, ni uno ni otro podemos delicadamente hablar de ella, sino para elogiarla, cuanto más que lo merece por muchísimos conceptos. Pero con usted tengo confianza para decirle una cosa, y es que no congeniamos. Somos los dos...
Y D. Alfonso puso los dedos índices uno frente á otro.
—Pues yo creía que se querían ustedes.
—Sí, nos queremos, pero... de eso á casarse hay alguna distancia... Le recuerdo que acabo de hablarle como si fuese usted mi madre. No diga nada de esto á Miguel. Es su hermano y la cosa más insignificante podría molestarle.
De esta manera insidiosa quiso la serpiente introducirse en aquel paraíso. Y lo consiguió al cabo. Como tenía prudencia bastante para no abusar, entró pronto en la casa con cierta familiaridad, pero siempre á las horas en que Miguel estaba. Bien se le alcanzaba que una sombra de sospecha que por la mente de éste pasase, bastaría para que todo concluyese Dios sabe cómo. Aprovechaba también las ocasiones en que la brigadiera y Julia venían á visitar al matrimonio, para acompañarlas. Los celos, que había sentido la noche del baile, se le habían borrado por completo á la hija del brigadier, al ver la confianza fraternal con que don Alfonso trataba á su cuñada y el empeño que ésta mostraba en reunirlos y verlos conversar aparte.
—Tú me has casado á mí. Yo me he empeñado en casarte á ti—le decía.
—Sí; pero yo te he casado con el hombre que querías—contestaba Julia riendo.
—Tú también quieres á Alfonso: no finjas, Julita—replicaba Maximina besándola.
Por otra parte, Saavedra, en vez de romper el lazo amoroso que le unía á su prima, habíalo apretado más en los últimos tiempos, quizá para apartar toda sospecha de su plan, ó por ventura porque tuviese otro y pretendiese conducirlos á un tiempo; que todo podía esperarse de su carácter depravado.