Pero habían trascurrido ya algunos meses, y su nefanda empresa no había adelantado un solo paso. Verdad que en la casa de Miguel se le otorgaba cada día más confianza, que comía con ellos á menudo, que venía de tertulia muchas noches, y otras les acompañaba al teatro, que Maximina le trataba ya como un hermano. Pero esto, justamente, era lo que impacientaba al caballero. En aquella casa le trataban como á un hermano futuro. La joven esposa no se había dejado vencer de su negativa, y al verle persistir en sus relaciones amorosas, creía que sólo había negado por hipocresía ó por no dar su brazo á torcer, pero que en el fondo estaba profundamente enamorado de su prima. Y así era razón, dado que Julia (tal lo creía Maximina) era la joven más hermosa y más seductora de Madrid.

Cuando se efectuó el feliz alumbramiento de la joven esposa, Saavedra se condujo como un amigo consecuente, prestando los servicios que estaban en su mano, viniendo diariamente á saber el estado de la enferma, demostrando, en fin, tanta adhesión y cariño á los esposos, que el corazón tierno de Maximina correspondió con afectuosa gratitud, como no podía menos. Ya hemos indicado que ésta, después de aquel crítico suceso, había cobrado nueva gracia y atractivo en su figura. Como todas las mujeres que han nacido de veras para esposas y para madres, y se han unido al hombre que aman, cada uno de estos sucesos impresionaba y sacudía favorablemente su naturaleza. Era difícil reconocer en aquella linda joven de mejillas sonrosadas y ojos dulces y brillantes á la pálida y encogida niña de Pasajes.

La impaciencia iba penetrando poco á poco en el ánimo del caballero andaluz. La primera parte de su plan estratégico se había desenvuelto punto por punto, como él tenía previsto: había ganado la estimación, y aun el cariño de Maximina. Faltaba la segunda, que era la más escabrosa y peliaguda en su ejecución, la más dulce en el resultado. ¿Cómo empezar? Á pesar de su inconcebible orgullo, D. Alfonso temía mucho que en cuanto diese los primeros pasos le iba á faltar tierra, y dilataba el ataque para no despeñarse. No obstante, como el deseo y la impaciencia le pinchaban cada día más fuertemente, y no era hombre á quien en ninguna ocasión le faltase la audacia, túvola para dirigirle algunos embozados galanteos, que la niña recibió como bromas de un amigo mimado, y también para apretarla demasiadamente la mano al saludarla, rozar suavemente sus pies por debajo de la mesa, y sacarla una horquilla del pelo con disimulo, estando su dueño reclinado en una butaca. Maximina, en un principio, atribuyó algunos de estos actos á casualidad, y no se fijó en ellos. Mas habiendo el andaluz insistido, se sobresaltó un poco, aunque sin darse cuenta clara del peligro, procuró no colocarse nunca cerca de él, y le tuvo, desde entonces, un miedo vago. Con este resultado tan poco lisonjero en sus primeros tanteos, D. Alfonso acabó de enardecerse, y, aunque él no quería confesárselo, estaba muy predispuesto á perder la sangre fría de que tanto se gloriaba, y á echar la casa por la ventana. Como así pasó, según vamos á referir.

Miguel era muy partidario de que el niño se orease. Estaba imbuído en las modernas teorías de la educación, y creía que los niños debían vivir el mayor tiempo posible al aire libre, desde su nacimiento. Así que, en cuanto Maximina estuvo para salir, comenzó con ella á dar largos paseos por el Retiro. ¡Qué feliz era nuestra chica llevando al lado á su marido y delante á su hijo! ¡Y qué hijo aquél! Era necesario haber seguido paso á paso, como ella, sus progresos, durante mes y medio, para comprender las portentosas facultades de que estaba dotado, y los infinitos recursos de su ingenio privilegiado. Mucho le ofendería quien supusiese que todavía se mamaba los dedos, cuando topaba con ellos casualmente. Nada de eso. Á los quince días de estar en este valle de lágrimas, ya se llevaba el dedo pulgar á la boca, con la intención firme y deliberada de mamárselo, no con otro propósito. Lo cual no significa, ni mucho menos, que dicho dedo pulgar le pareciese tan bien como el pecho de su mamá: lo hacía, únicamente, por no aburrirse en los momentos de ocio. Igualmente demostró su gusto exquisito y delicado, rechazando con energía la harina lacteada que Juana tuvo la osadía de proponerle cuando la señorita estaba durmiendo. La expresión airada del semblante, y los gritos con que recibió la proposición, no daban lugar á dudas. Antes prefería morirse de hambre, que echar á perder el estómago con drogas tan insustanciales como nocivas.

Pero el asunto en que mejor se mostró su talento práctico, al par que la entereza de su carácter, fué en el sueño. Desde que nació se había propuesto dormir veinte horas diarias, poco más ó menos. Cuanto se hizo para disuadirle de este propósito, fué en vano: al parecer, tenía poderosas razones fisiológicas para ello. Cuando, desgraciadamente, algún cuidado ó preocupación que le desvelase descomponía su plan, ponía el grito en el cielo y la casa en conmoción. Miguel era el primero que acudía, le cogía en brazos, y comenzaba á dar furiosos paseos por el corredor pretendiendo ¡el iluso! dormirle de este modo. El infante protestaba cada vez más ruidosamente contra medio tan poco adecuado. El padre se ponía nervioso, al cabo de algún tiempo, y, «por no estrellarlo contra la pared», lo entregaba al brazo secular de Juana, la cual pocas veces lograba hacerle callar. Era necesario entregarlo á la madre, quien poseía en su hermoso y abundante pecho el secreto de ahuyentar los pensamientos lúgubres, y hacerle ver el mundo de color de rosa.

—¿Pero ha de estar mamando siempre ese chicuelo?—decía Miguel incomodado.—Te va á agotar.

Maximina sonreía encogiéndose de hombros, y daba un beso á su hijo, como diciéndole que estaba aparejada á dar mil vidas por él.

Mas cuando menos se esperaba, Juana, fértil en trazas, como Ulises, halló una que por lo nueva y lo eficaz, dejó pasmados á todos. Y como la mayor parte de los inventos fecundos y peregrinos, tenía el mérito además de la sencillez. Consistía en mantener al niño entre los brazos boca arriba, meciéndole arriba y abajo suavemente, y cantándole al propio tiempo, con voz algo plañidera, cierta melodía. Hemos sido siempre partidarios de que las grandes invenciones de resultados prácticos para la humanidad se difundan lo más pronto posible. Por consiguiente, no tendremos el egoísmo de callar este originalísimo cuanto simple recurso, que acaso el lector pueda utilizar (yo se lo deseo de todo corazón) algún día. La letra de la canción es como sigue:

Ea, ea, ea,
¡Qué gallina tan fea!
¡Cómo se sube al palo!
¡Cómo se balancea!