En cuanto á la música, yo creo que no estaba en ella el toque. Puede, por tanto, ponérsele cualquiera en la seguridad de obtener un feliz resultado, con tal que (entendámonos), con tal que se repita varias veces y en tono moribundo el último verso. Oirla el testarudo infante y quedarse arrobado con los ojos fijos en contemplación extática de no se sabía qué, era todo uno. Tal vez sería de la terrible gallina que sin cesar se balanceaba sobre el palo. Lo cierto es que aquellos ojillos tan abiertos y espantados, se cerraban blandamente al poco rato. Los habitantes todos de la casa daban un suspiro de satisfacción. El niño pasaba acto continuo al gran lecho nupcial, donde se le dejaba perdido en un rincón como un envoltorio de ropa.

Digo que en un principio Miguel se avenía de buen grado á salir con su esposa de paseo. Cuando el niño pedía el pecho, Maximina se lo daba sentándose en un banco, que procuraba estuviese en algún lugar solitario. Después solían entrar en la casa de vacas que allí hay, donde la joven tomaba chocolate. Mas al cabo de algunos días el hijo del brigadier, bien porque sus negocios lo exigiesen, ó porque tuviese ganas de charlar con sus amigos, dejó de acompañarla, proponiéndole que fuese sola con la niñera, pues de ningún modo quería que su hijo dejase de tomar el aire. Con harto dolor de su alma, aunque disimulándolo lo mejor que pudo, cedió ella á este deseo. El niño le infundía valor, es verdad; pero nunca pudo vencer enteramente la vergüenza y el miedo que las calles de Madrid le inspiraban cuando no iba con su marido.

Los primeros dos días no le fué mal en la excursión; mas al tercero, caminando por una calle solitaria del Retiro para comer un pedazo de pan que la niñera llevaba á prevención—pues por nada en el mundo hubiera osado entrar sola en la chocolatería,—se encontraron de manos á boca con Saavedra. A pesar de haberle visto el día anterior en casa, sintió un leve estremecimiento sin saber por qué y se puso fuertemente colorada, señal que no le desagradó al audaz lechuguino. Saludóla con efusión, hizo mil fiestas al niño, y sin pedir permiso se emparejó con ella. La niñera, por respeto, marchó delante. La conversación versó sobre los tópicos ordinarios del tiempo, lo saludable del paseo para los niños, etc., etc. De pronto Saavedra, parándose, le preguntó sonriendo:

—¿Qué ha hecho usted del pedazo de pan que estaba comiendo, Maximina?

La niña quedó tan confusa que no supo qué responder.

—Estoy seguro de que lo ha dejado usted caer al suelo. ¿Por qué le da á usted vergüenza comer cuando está criando un niño tan hermoso y robusto?

Animada con este elogio, que para ella era el más sabroso que en este mundo podían hacerle, contestó:

—Ahora siento debilidad á media tarde...

—El pan seco no le sentará á usted bien, criatura. Vamos á la chocolatería.

—¡Oh, no, ya estoy bien! No tengo ganas de chocolate.