—No sea usted hipocritilla. Cuando sale usted con Miguel lo toma usted todas las tardes. Ni ayer ni anteayer lo ha tomado usted, acaso porque no se atreve á entrar sola... Usted dirá ahora: «¿Cómo Alfonso sabrá todas estas cosas?»

—Es verdad; no comprendo...

—Y yo le diré á usted muy bajito, muy bajito (don Alfonso acercó los labios al oído de la niña): porque la he seguido á usted estas tardes.

La niña sintió que su miedo crecía. Hubiera hecho en aquel momento cualquier sacrificio por verse en su casa. No respondió una palabra y siguió caminando. D. Alfonso también siguió silencioso para que la bolita de veneno hiciese mejor operación. Cuando calculó que la imaginación de Maximina había ya dado bastantes vueltas, reanudó nuevamente la conversación por donde había comenzado, esto es, por los lugares comunes al uso. Entabló una plática familiar como dos amigos íntimos, haciéndole numerosas preguntas acerca del niño, por ser el tema más socorrido y el que más debía agradar á la joven, la embromó cariñosamente, sacó á plaza las manías de su tía la brigadiera: en suma, procuró con gran habilidad calmar su agitación y que reinase otra vez la confianza entre ellos. Mas no lo pudo acabar. Maximina estaba trémula, aunque hacía esfuerzos prodigiosos por ocultarlo, y contestaba con voz alterada y ronca á sus preguntas. Sin embargo, á fuerza de tiempo y saliva, Saavedra logró serenarla á medias. Instóla con fervorosos ruegos para que fuera á la chocolatería; pero ella se negó terminantemente y manifestó que ya era tiempo de regresar á casa; aunque no fuese verdad.

El sol desparramaba todavía sus rayos por las arenosas calles. Corría un aliento tibio y perfumado que presagiaba la primavera próxima: las yemas hinchadas de los árboles también la denunciaban con alegría. Veíanse muchos niños con el cabello por la espalda, elegantemente vestidos, corriendo detrás de los aros y de las pelotas, seguidos de sus padres ó ayos. Maximina se había dicho muchas veces en días anteriores: «¡Cuándo el mío será así!» Mas ahora los miraba desfilar por delante de ella acaso sin verlos; tan honda era la emoción que la embargaba.

D. Alfonso había procurado retenerla algún tiempo; pero cuanto más él instaba por que se quedase, más vivos deseos expresaba ella de irse. Caminando, pues, hacia la salida del Retiro y considerando por un lado que pronto tendría que dejarla y por otro que el paso que había dado era demasiado atrevido para poder volverse atrás, resolvió echar el pecho al agua y dijo parándose de nuevo:

—A todo esto, Maximina, usted todavía no me ha preguntado por qué la seguía estas tardes pasadas.

La niña sintió un estremecimiento más fuerte, su faz empalideció, las piernas le flaquearon.

No quiso ó no pudo contestar á lo que le preguntaban.

—Pues voy á decírselo: porque experimento por usted, Maximina, lo que hasta ahora no he experimentado por ninguna mujer de este mundo. En cuanto empecé á tratar á usted me inspiró una simpatía viva, irresistible, de esas que nos subyugan. En seguida comprendí que esta simpatía iba á convertirse en amor y luché con todas mis fuerzas por que no sucediese. Ha sido inútil. He tratado á muchísimas mujeres, he amado ó he creído amar á algunas; pero le juro que el sentimiento que me inspiraron estaba muy lejos de parecerse al que ahora me domina. Las trataba de igual á igual, veía sus cualidades y sus defectos, me admiraba y me enardecía su hermosura; ¡pero ahora! ahora no es amor solamente lo que siento, es una adoración profunda á su carácter sencillo é ingenuo, un respeto que ha enfrenado hasta ahora mi lengua á pesar de que el secreto pugnaba por salir. En mis ojos podía usted leerlo siempre que la miraba. Hace unos cuantos meses que mi espíritu está impregnado de tal modo de usted, hermosa y buena Maximina...