El gentil caballero decía toda esta retahila cursi, con labio balbuciente y ademanes descompuestos como es uso entre los seductores, aunque éstos sean como él «hombres de mundo». La observación me ha hecho aprender que los «hombres de mundo», los que se han llamado sucesivamente pisaverdes, lechuguinos y lyones, no son espirituales, ó mejor en castellano, no hablan con ingenio y donaire más que en las novelas. En la vida, y sobre todo cuando se despojan del aspecto lánguido y aburrido que los caracteriza, suelen ser tan vulgares y tan cursis como el último estudiante de medicina.

La pobre Maximina quedó tan turbada escuchando aquella algarabía amorosa, de la cual no entendió sino el sentido general, que de pálida se puso lívida; después la sangre afluyó repentinamente al rostro, los ojos se le nublaron y estuvo á punto de caer. Mas por un movimiento automático, del cual ella más tarde no se daba cuenta alguna, separándose violentamente de su acompañante, echó á correr gritando: «¡Plácida, Plácida!» Hasta que se emparejó con ella, y entonces le dijo: «¡Corra usted, corra usted, que me siento mal!» Ambas corrieron buen rato hasta que la fatiga les obligó á aflojar el paso. Pero ya estaban muy lejos de Saavedra, quien permanecía en el mismo sitio maravillado y extático ante aquella súbita é inesperada fuga.

Buscada y meditada de antemano una lección severa para tal insolencia y ruindad como la que D. Alfonso acababa de cometer, no hubiera salido más dura y cruel que aquella huída. Maximina, sin saberlo, no sólo había salvado su dignidad, sino que había impuesto al atrevido el castigo más doloroso en casos semejantes, que es el del ridículo. Saavedra quedó clavado al suelo de rabia hasta que, viendo pararse á algunos transeúntes y mirarle con curiosidad y volver después los ojos hacia las que huían, dió la vuelta y á paso largo se apartó de aquellos sitios.

Por fortuna cuando Maximina llegó á casa no estaba en ella Miguel. Si estuviese, al verla tan turbada, hubiera indagado la causa, y quizá entrado en sospechas. Tuvo tiempo á serenarse. Las criadas creyeron de buena fe que se había puesta enferma, y lo mismo él cuando llegó á comer. Sin embargo, aquella noche y el día siguiente nuestra niña estuvo muy intranquila. No sabía qué partido tomar. Por lo pronto determinó no salir á paseo sola, pretextando que temía le acometiese un desmayo como el que le había amagado. Pero si D. Alfonso venía á visitarla, ¿cómo se presentaría delante de él? Estaba segura de turbarse. El aborrecimiento y el miedo que le había tomado eran tan grandes, que por fuerza habían de salir á la cara. Quiso Dios que D. Alfonso lo entendiese también así, y no vino más por casa de Miguel. A éste, acostumbrado á verle á menudo, le llamó la atención su ausencia, y dijo estando á la mesa:

—Muchos días hace que no viene por aquí Alfonso.

Maximina no respondió y siguió comiendo con la cabeza baja. Al cabo de un momento añadió:

—Me alegraría de que no volviese. Por más que hago, no consigo tragar á ese hombre. El miércoles, según me han dicho, ha tenido un duelo que á mi juicio fué una verdadera cobardía. Se batió con un ingeniero que en su vida había cogido un arma, y, claro está, al primer encuentro le hirió peligrosamente. El que va á batirse con la seguridad que él iba en este caso, no es un hombre leal, ni siquiera una persona decente.

—¡Oh qué razón tienes!—hubiera exclamado de buena gana Maximina.

Pero se calló. La pobrecilla se figuraba que ya Saavedra no se acordaría más de ella. Sin que su adorado Miguel hubiese tenido disgusto alguno, todo había quedado resuelto satisfactoriamente. Poco sabía la cándida niña en achaque de pasiones humanas. Pronto aprendió, por desdicha, lo que la soberbia y la lujuria unidas son capaces de acometer.