—Sí.
—¿No te pesa de ser mía?
—¡Oh, no! ¡Si supieras!
—¿Qué?
—Nada, nada.
—Sí, algo ibas á decir; habla.
—Era una tontería.
—Pues dímela; tengo derecho ya á saber hasta lo más insignificante que cruce por tu imaginación.
Necesitó instarla mucho y muy cariñosamente para lograr saberlo.
—Vamos, dímelo bajito.