Y la atrajo suavemente. Maximina depositó en su oído:

—Ayer he pasado muy mala noche.

—¿Por qué?

—Desde que me dijiste que tenías tiempo aún á dejarme, no pude pensar en otra cosa... Se me figuró que me lo habías dicho con cierto retintín... Toda me volvía dar vueltas en la cama... ¡Ay, madre mía, qué pena!... Me levanté antes que nadie en la casa y fuí descalza hasta tu cuarto; puse el oído á la cerradura á ver si escuchaba tu respiración; pero nada. ¡Me dió una congoja! Cuando la criada se levantó, le pregunté como quien no quiere la cosa si te había llamado. Me dijo que sí, y respiré. Pero aún no las tenía todas conmigo. Tenía miedo que al preguntarte el cura si me querías dijeses que no... Cuando te oí decir sí, ¡me entró una alegría! y dije para mí: ¡Ya estás cogido!

—¡Y bien que lo estoy!—exclamó el joven besándola en la frente.

El tren corría ya por los campos vecinos á Madrid. Las señoritas de Cuervo despertaron. La luz natural no favoreció gran cosa sus naturales gracias; pero se apresuraron á venir en su ayuda con una serie de minuciosos trabajos que dejaban bien probadas sus inclinaciones artísticas. De un magno estuche de piel de Rusia sacaron peines, cepillos, pomada, horquillas, polvos de arroz y un frasquito de colorete. Y unas á otras se fueron aliñando y retocando escrupulosamente en medio de mil frases cariñosas y carocas infantiles.

—Vamos, chica, estáte quieta... Mira que te voy á pinchar... ¡Jesús, qué niña tan mala!

—Estoy nerviosa, Lola, estoy nerviosa.

—Ya se conoce que vas á ver pronto á quien tú sabes y yo me callo.

—¡Qué tonta! Calla. Rivera se lo va á creer.