—Los cohetes se están disparando desde los balcones de la Casona.

—¡Esos p... han recibido la noticia de la subasta!

La zozobra y el terror se apoderó de todos los corazones. Por un movimiento simultáneo volvieron los ojos hacia el jefe, ilustre por su prudencia.

D. Servando bebió pausadamente dos vasos de cerveza, y después de limpiarse repetidas veces los labios con el pañuelo, rompió el afanoso silencio diciendo:

—Alcalde, vaya usted al Ayuntamiento y mande los dos alguaciles á la Casona á prevenirles que no arrojen más cohetes. El artículo 62 de las Ordenanzas municipales prohibe que se arrojen sin permiso de la autoridad.

Los genízaros dejaron escapar un suspiro de satisfacción. No en vano habían depositado su confianza en el astuto caudillo.

Salió el alcalde y quedaron comentando el suceso, esforzándose por explicar cómo la noticia había llegado primero á los otros que á ellos. La opinión general era que les habían hecho una trampa en correos.

Los amigos de D. Martín, irritados por la prohibición del alcalde, reunieron la orquesta del pueblo, compuesta de diez ó doce instrumentos, casi todos de metal, y ofreciendo á los músicos una buena propina, á más de un pellejo de vino que se les mostró para animarles, les hicieron recorrer el pueblo tocando, y luego los situaron en medio de la plaza, donde comenzó á acudir la gente al reclamo: los mozos improvisaron un baile y hubo vivas á D. Martín y á la carretera.

Nuevo y doloroso conflicto para los de D. Servando, reunidos en cónclave.

—Alcalde—tornó á decir aquél,—mande usted cesar á la música. Las Ordenanzas municipales, arts. 59 y 60, previenen que se solicite el permiso de la autoridad para esta clase de manifestaciones.