Otro asunto traían entre manos los de la Casiña que les preocupaba, aunque no tanto como el anterior. Era la carretera desde Serín á Agüeria, que el vecindario de ambos puntos ansiaba que saliese á subasta. Muchas veces se había gestionado por ambos bandos sin resultado: últimamente el General les había prometido trabajar hasta conseguirlo; pero su partida á Alemania frustró las esperanzas de los partidarios de D. Servando, los cuales esperaban que el distrito les debiese á ellos el beneficio y no á los de la Casona. Mas hete aquí que averiguan que éstos gestionan activamente en Madrid la subasta por medio de Corrales, quien como ex-ministro y persona muy conocida en la política, no dejaba de sostener buenas relaciones con los actuales ministros. Entonces los de la Casiña se alarman y obligan á Miguel á poner en juego otra vez sus influencias para que de ningún modo se conceda el favor á Corrales y sí al candidato oficial que ellos apoyan. De Madrid responden á Miguel que el negocio está en vías de arreglo: más tarde recibe otra carta en que le dicen que el ministro ha prometido sacarla inmediatamente: después otra en que le anuncian que la orden saldría muy pronto en la Gaceta. Pasaba, no obstante, lo mismo que con la de la suspensión. No acababa de llegar.
Y los genízaros de D. Servando, aunque muy confiados en el triunfo, se iban impacientando y apretaban á Miguel, quien á su vez se impacientaba mucho más por sus indirectas, y sentía atroces impulsos de decirles una insolencia.
Una tarde, hallándose como de costumbre bebiendo cerveza en el escritorio de D. Servando, oyeron la explosión de una bomba en los aires. Quedaron súbito, graves y silenciosos con el oído atento. Estalló al instante la segunda y uno de los presentes dijo:
—Son cohetes.
—¿Cohetes á estas horas?
Y las siete ú ocho personas que allí había se miraron sorprendidas y no poco alarmadas, porque los dos bandos vivían en perpetuo sobresalto.
—¿Hay alguna función de iglesia mañana?
—No, señor.
—Que salga uno á enterarse...
Salieron dos; los cuales volvieron á los pocos minutos, agitados y pálidos, diciendo con voz temblorosa: