O primero que los de la Casiña exigieron de Miguel para afianzar su elección fué que trabajase para destituir al alcaide de la cárcel, quitar la cartería á D. Matías y el estanquillo á un sujeto llamado Santiago, todos amigos de don Martín. Y efectivamente, Miguel escribió al gobernador y á sus amigos de Madrid. A los cinco ó seis días vino la separación del estanquero y de D. Matías, y poco después la del alcaide, nombrándose en su lugar á otras tres personas adictas á la cerveza de D. Servando. Este, al escuchar la noticia, se dignó sonreir y bebió tres vasos sin respirar. Los amigos vislumbraron en aquélla sonrisa y en la succión de los tres vasos tanto y tan hondo misterio, que se miraron henchidos de fe y entusiasmo por su jefe.

Pero los de la Casona estaban envalentonados á pesar de hallarse en la oposición, y proclamaban á los cuatro vientos la candidatura de Corrales, que por haber sido ministro varias veces gozaba de mucha notoriedad en el país, aunque no dispusiese de la fuerza oficial. Verdad que era dueño de los ayuntamientos de Agüeria y Villabona y que la votación de estos concejos compensaba muy bien la mayoría que en Serín pudieran llevarles sus contrarios. Aunque la elección fuese por sufragio universal, unos y otros tenían perfectamente calculadas sus fuerzas. Por eso la primera cuestión que se puso sobre el tapete aquella noche en casa de D. Servando, una vez conseguida la separación del alcaide, fué la suspensión de los ayuntamientos citados, la cual debía llevarse á cabo antes de comenzar el período electoral. Hallábanse discutiendo los medios más conducentes para conseguir tal propósito, cuando penetró en la estancia uno de los numerosos espías que D. Servando tenía en el pueblo, y les dijo que D. Martín había tomado asiento para el día siguiente en la Ferrocarrilana. Honda perturbación causó la noticia entre los circunstantes, y desde luego se supuso, aunque nadie osó preguntarlo, que D. Servando le acompañaría en el viaje, pues tal era la costumbre desde tiempo inmemorial. En cuanto D. Martín se movía del pueblo, su contrincante hacía la maleta y le seguía adonde quiera que fuese, suponiendo que cuando marchaba por algo sería, y este algo no podía ser otra cosa que algún daño para él ó para sus amigos. Cuando don Servando emprendía un viaje, su enemigo D. Martín hacía lo mismo. Todos en la villa conocían la costumbre y nadie se maravillaba.

En efecto, D. Servando, luego que todos se fueron, mandó á su criado á tomar un asiento de berlina en la Competencia. No se despidió de Miguel, pero lo dejó todo prevenido para que no le faltase nada durante su ausencia, la cual duró dos días. Al cabo de ellos regresó, ó por mejor decir, regresaron ambos jefes. Don Martín no había ido á la capital más que á orificarse una muela.

Todos los días recibía Miguel una cartita de sobre cuadrado y hermosa y grande letra inglesa (la del colegio de Vergara). Maximina no escribía largo, pero sí mucho más que cuando soltera. Su instinto le decía que Miguel no podía reirse ya de las nonadas que le contase, sobre todo si se referían al niño. En todas ellas se advertía un deseo irresistible de que volviese pronto á sus brazos, aunque procuraba ocultarlo para no turbarle en sus quehaceres.

«Ayer Julita me llevó al paseo. Estaba concurrido y ella muy animada. Yo cuando volví á casa sentí una tristeza tan grande que no te la puedo explicar. Recordaba que la última vez que paseé por la Castellana fué contigo, mi vida, mi todo.»

La niña de Pasajes, por la influencia de su marido, que no era nada parco de cariñosas palabras, se había hecho más expansiva en sus caricias. Á toda mujer amante le pasará lo mismo si tiene un marido como Miguel, un poco mimoso.

«Esta noche me desperté sobre las cuatro ó las cinco, y sin saber lo que hacía, fuí á dar un beso á Julia en el cuello figurándome que eras tú. Antes de hacerlo volví en mí: me acometió un dolor tan vivo que estuve llorando una hora. No sé cómo Julia no despertó. Perdóname que te diga estas cosas, mi vida, soy una tonta. Lo principal es que te vaya bien como dices y logres tu deseo. Tiempo nos queda, si Dios quiere, para estar juntos. No dejes, por Dios, de rezar las oraciones de costumbre al acostarte.»

Cada carta le ponía á nuestro candidato melancólico y pensativo para un rato.—«¡De qué buena gana mandaría á paseo á estos cafres y me iría á dar un abrazo á la hija de mi suegra (que Dios haya!)»—se decía algunas veces.

Pero como el negocio marchaba viento en popa, lo sufría con paciencia. Escribió á Madrid á varios amigos para que gestionasen la suspensión de los citados ayuntamientos enemigos. Mendoza, y lo mismo los otros, le contestaron que el presidente y el Ministro estaban conformes. Sin embargo, se pasaban los días y la orden no venía.