—Sí, señor, una carta—respondió, sin comprender aquella sorpresa.

—¿Pero no sabe usted, mi señor, que D. Matías es... de los otros?

—¿Y qué?

—Aquí no recibimos ni echamos cartas al correo en la villa; las enviamos á Malloriz, y allí tenemos también una persona que recibe las que nos escriben y nos las remite después.

—¡Hombre, qué desconfianza!

—Toda es poca, mi señor; toda es poca.

Tranquilizóse al saber que la carta era para su mujer, y acto continuo le convidó á beber una botellita de cerveza. Para el jefe de la Casiña el beber cerveza era una función augusta de la vida. Tenía espantado al pueblo porque se decía, quizá con verdad, que bebía cinco duros diarios de este licor. No poco ayudaba tal prodigalidad, verdaderamente horrible en aquel país, á mantener su prestigio. D. Servando era el único rico que gastaba todas sus rentas en Serín, y eso que estaba soltero.

XXII