Al día siguiente de llegar, por la mañana, después de escribir á Maximina, salió á echar la carta al correo, proponiéndose al mismo tiempo recorrer la villa. En la primer calle, que desembocaba en el muelle, columbró un buzón y á él se dirigió; mas al acercarse observó que tenia clavada una tabla sobre la abertura. Siguió caminando y algo más lejos vió otro; pero sucedió lo mismo, é igualmente en otros tres ó cuatro que acertó á ver en distintos parajes del pueblo.
—¿Quiere usted decirme dónde puedo echar esta carta al correo?... Todos los buzones que he visto están clavados—dijo á una doméstica que pasaba.
—Es que la cartería ahora la tiene D. Matías... un comercio de comestibles que está cerca del muelle, ¿sabe?... No tiene pérdida; siga esta calle abajo y la hallará.
La cartería, en efecto, según pudo después averiguar, era uno de los estados que los dos bandos de Serín se disputaban con encarnizamiento, pasando alternativamente de las manos de un amigo de D. Martín á las de otro de D. Servando, y viceversa. Como generalmente eran personas distintas, porque precisaba contentar á todos, de aquí que muchas de las casas de Serín se hallasen agujereadas. La cartería estaba dotada con el sueldo de tres mil quinientos reales al año.
Caminando por una de las calles tropezó con don Servando, el cual le saludó gravemente y trató de pasar de largo.
—¿Qué hay, Sr. Bustelo, va usted hacia su casa?
—No, señor, no; voy dando una vueltecita. Después tengo algunos negocios... Quede con Dios, Sr. de Rivera.
Este se fué á casa, y antes de llegar vió que entraba en ella D. Servando. ¿Por qué había mentido? Sólo Dios lo sabe.
Al tener noticia de que Miguel había echado una carta al correo, quedóse lívido el jefe de los de la Casiña.
—¿Cómo... Sr. Rivera... una carta?