Cuando hubieron llegado, D. Servando le dijo sin mirarle y como si hablase con la mencionada esquina:
—He recibido aviso del señor gobernador de que llegaba usted esta tarde, y cuento que usted me honre aceptando una modesta habitación en mi casa.
—¿De modo que es usted el Sr. Bustelo?
—Aquella casa que usted ve allí, donde hay un carro parado, es la de usted, mi señor. Tenga la bondad de ir delante, que no tardaré en seguirle.
Miguel hizo lo que le mandó sin comprender qué objeto tenía aquel misterio. Después tampoco lo supo; pero no le sorprendió. La cualidad predominante de don Servando, la que resplandecía en todos sus actos y jamás le abandonaba, era la cautela. No preguntaba nunca directamente más que lo que ya sabía: lo que deseaba averiguar, siempre lo hacía por medio de largos rodeos y ocultando bien su deseo. No respondía tampoco jamás de una vez y claramente á las preguntas, por insignificantes ó indiferentes que fuesen. Á las pocas horas de estar en su compañía, Miguel se convenció de que era inútil tratar de enterarse de nada de lo que á su persona se refería. Por esta cualidad sobresaliente era admirado de sus amigos y temido de sus adversarios, en grado sumo. Hablaba poco y sin mirar al interlocutor.
Después que hubieron cenado y de haber traído la maleta del huésped con infinitas precauciones, se encerraron los dos en el despacho de D. Servando, y éste, en menos de una hora, se bebió seis botellas de cerveza.
—Parece que es usted aficionado á la cerveza, señor Bustelo.
—Phs... así así... prefiero el vino—contestó con la gravedad y el acento gallego que le caracterizaban.
En los días siguientes pudo observar Miguel que apenas probaba el vino.
Uno en pos de otro, y como si se tratase de peligrosa conspiración, vinieron á visitar al candidato oficial los partidarios de D. Servando, los cuales se las prometían muy felices en la elección. Sin embargo, no tardó en comprender Miguel que las fuerzas estaban muy equilibradas; porque si bien, en la que pudiéramos llamar región urbana, esto es, en el casco de la población de Serín, predominaban los de la Casiña, en la parte rural se hallaban en patente minoría. Las fuerzas oficiales tampoco estaban por entero á su disposición, pues si el Ayuntamiento de Serín era suyo, el de otros dos concejos, Agüeria y Villabona pertenecían á D. Martín, y en ellos estaba, sobre todo en el último, la clave de la elección. El General Ríos se había presentado sin oposición por este distrito, y desde este momento los partidarios de la Casona habían rivalizado con los de D. Servando en solicitud y eficacia para servirle. Tal era la táctica usual entre ellos. Cuando se veían en la imposibilidad de luchar, humillaban la cabeza y hacían lo posible por captarse la amistad, ó al menos la benevolencia del diputado, á fin de recabar algunas migajitas de favor que no les pusiera del todo á merced de sus implacables enemigos. Bien sabían por experiencia que si esto llegaba á suceder, les aguardaba toda clase de vejaciones y algunas veces el presidio, pues unos y otros se pintaban solos para empapelar al lucero del alba. Gracias á ello, aunque el General se inclinaba á los de la Casiña, no había consentido que se maltratase á los otros, y aun había llegado á dejar en sus manos algunos empleos retribuidos por el Estado, cosa que alteraba la cólera de los amigos de D. Servando, y los encendía de tal modo, que secretamente murmuraban del Conde y hasta se proponían vengarse de él en ocasión propicia. Así que veían el cielo abierto teniendo en perspectiva otro diputado que esperaban fuese enteramente suyo y arrancase de cuajo la influencia de don Martín en el concejo, al menos, por una larga temporada. Por esta razón, D. Servando tuvo la precaución maliciosa de alojarle en su casa, á fin de que ni D. Martín ni ninguno de los amigos de D. Martín pudieran visitarle.