—Te sacaré á flote aunque sea por los pelos, chico. Vé al distrito y escribe desde allí todo lo que te haga falta, que lo haré aunque sea una barbaridad.
Alegre con este recibimiento, y lisonjeado, tomó nuestro héroe al día siguiente la diligencia para Serín, que distaba unas siete leguas de la capital. Era un pueblecillo mezquino, pero admirablemente situado cerca de una ría, cuyas orillas mostraban la vegetación lujuriante de los países cálidos, y el fresco verdor de los setentrionales. Los naranjos, limoneros y laureles de la ribera casi se daban la mano con los castañares y robledos que se extendían por la falda de las montañas. Estas eran suaves y verdes en los primeros términos negras y abruptas en los últimos, de suerte que formaban un grandioso cordón que hacía más pintoresco el paisaje. El grupo de casitas blancas que componía el pueblo de Serín, estaba envuelto por una tupida faja de árboles, excepto por la parte de la ría, en cuyas aguas claras y azules se espejaba.
Pues aquel deleitable paraje que parecía un rinconcito del paraíso, lo era del infierno á lo que pudo averiguar inmediatamente Miguel. Sin que le faltase, como vamos á ver, no una, sino dos serpientes para atormentar á sus indígenas. Estos se hallaban, desde tiempo inmemorial, divididos en dos bandos, los de la Casona y los de la Casiña, llamados así porque los primeros se reunían en un edificio grande, oscuro, con dos torres almenadas, que había en lo alto del pueblo, y los otros en una casa de un solo piso, construída con lujo de adornos, hermoso portal con verja de hierro y dos grandes miradores, sita en el muelle. También se llamaban «los de D. Martín» y «los de D. Servando»; por el nombre de sus respectivos caudillos. La división de estos partidos no se fundaba en que los unos, los de la Casona, representasen el elemento tradicional y conservador, y los de la Casiña, el novador y liberal, supuesto que se había visto varias veces á los primeros defendiendo á los gobiernos liberales, y á los segundos sostener la causa del candidato moderado. La pelea estaba encendida solamente por el afán de dominar en el Ayuntamiento y ser dueños por ende del pueblo. Lo demás les tenía sin cuidado. Sin embargo, no es posible negar que en los de D. Martín había tendencias marcadas hacia el absolutismo. En los de D. Servando no se advertían en cambio hacia la libertad.
Este D. Servando fué quien recibió á Miguel al apearse de la diligencia, y le llevó quieras ó no á su casa. Era un hombre grueso, de regular estatura y que frisaría en los sesenta años. Su rostro, de un color rojo subido, estaba exornado por cortas patillas grises. Gastaba levita negra muy larga y hongo negro también.
—¿Tengo el honor de hablar con el Sr. Corcuera?—le preguntó muy fino, con marcado dejo gallego.
—No, señor, me llamo Miguel Rivera, para servir á usted.
—Está muy bien—respondió, y dirigiéndose á un mozo en seguida:—Muchacho, recoge el equipaje del señor y ten cuidado de él: ya se te avisará dónde has de llevarlo.
—Supongo que será usted el Sr. Bustelo—se apresuró á decir Miguel.
—Allá, en doblando aquella esquina, hablaremos. Le agradecería que me hiciese el favor de seguirme.
Y D. Servando se puso á caminar con paso firme y reposado hacia la esquina indicada. Miguel le siguió, sin comprender lo que aquello significaba.