Y los sollozos la ahogaban.
Procuró calmarla por cuantos medios estaban á su alcance; mas para conseguirlo se vió obligado á prometerla solemnemente que no se moriría.
Llegó por fin el día de la marcha. Se había convenido en que, durante la ausencia de Miguel, Julita vendría á dormir con su cuñada. Lo mismo ella que la brigadiera habían acudido aquella tarde á despedir al viajero. Era la hora del oscurecer. Miguel, después de comer apresuradamente y solo, mandó avisar un coche y se preparó á partir. Al dirigirse á su esposa para besarla, ésta se apartó bruscamente y corrió á ocultarse en su alcoba.
—¡Si es tu marido, tonta!—gritóle Julita riendo.
Miguel la siguió y buscando á tientas dió con ella en un rincón.
—¿No quieres que te bese, vida mía?
—¡Oh! sí, Miguel; pero allí delante de gente me muero de vergüenza.
Al meterse en el coche, nuestro joven llevaba el corazón apretado:—«¡Si no fuese por lo que es, cualquier día me metería yo en estos líos, y sobre todo dejaría á mi mujer y á mi niño!»—se dijo con cierta amargura.
Antes de llegar al distrito se detuvo en la capital de la provincia, donde fué recibido por el gobernador con extremada cordialidad. Era un joven que acababa de desempeñar la tarea de segundo ó tercer gacetillero en un diario liberal de la corte. Se decía en la ciudad que sus conocimientos administrativos acaso podrían ser más sólidos sin inconveniente; pero en cambio, cuando bien se le antojaba, respondía en verso á las comunicaciones, paseaba por las calles de chaqueta y hongo, convidaba á manzanilla á los diputados provinciales la mayor parte de los días, gastaba bromas con los porteros, y en las sesiones de la Diputación se autorizaba algunas veces silbar por lo bajo aires de Barba Azul ó La Gran Duquesa. Llamábase Castro.
En cuanto Miguel se presentó en el Gobierno civil, le dió un abrazo apretadísimo, como si fuese íntimo amigo, aunque no se habían hablado en Madrid más de cuatro veces, y comenzó familiarmente á tutearle. Prometióle inmediatamente todo el apoyo oficial.