—¡Quita, quita!
—Déjame verte llorar, Miguel.
Y luchó con todas sus fuerzas hasta conseguir ver algunas lágrimas en los ojos de su marido.
—¿Estás contenta ya?—dijo éste riendo.
Después de unos instantes de silencio:
—¿Y tú, Maximina?—dijo con acento conmovido.—¿Te casarías?
—¡Oh, por Dios!
—Eres muy joven y nada tendría de singular que eso sucediese. Al cabo de algún tiempo las mismas circunstancias te lo impondrían. Acaso tus parientes te empujarían á ello. Una mujer no está bien sola en el mundo... Si así fuese, no dudo que amarás á tu marido; pero yo te juro que no le amarás tanto como á mí. Hay cosas, Maximina, que no vuelven jamás, y una de ellas es el primer amor; mucho menos si este primer amor ha sido bendecido por el cielo como el tuyo... Fíjate en las paredes de este despacho, conserva en tu memoria indeleble la forma de estos muebles, el color de la alfombra, la dulzura de ese rayo de sol que penetra por el trasparente. Todo esto que ahora tiene tan poca importancia, si yo me muriese la adquiriría quizá muy grande: porque los instantes de dicha que ahora pasamos aquí, tú sentada sobre mis rodillas, yo mirándome en tus ojos, no volverían, Maximina, ¡jamás volverían para ti!
La niña se dejó caer sobre el pecho de su esposo oyendo estas palabras, como una sensitiva que se doblega al más leve contacto.
—¡Oh, Miguel de mi vida! ¿Qué te he hecho para que me hables así?