—Si yo me muriese, tú te volverías á casar, ¿no es verdad, Miguel?—dijo con una expresión entre cándida y maliciosa, que ocultaba, sin embargo, una preocupación muy seria y viva ansiedad.
—¡Vuelta á lo mismo! Deja de una vez esas tonterías, querida.
—¿Te volverías á casar, Miguel?—insistió dejando la sonrisa y descubriendo su ansiedad.
—Pues bien, voy á hablarte con franqueza. Si tú te murieras (que no te morirás), no te respondo de que en el curso de mi vida no tuviera relaciones materiales ó carnales ó como se llamen con otras mujeres; pero sí te respondo y te juro que no me uniría en matrimonio con ninguna. Y esto no sólo por el profundísimo y entrañable amor que te tengo, hasta el punto de que hoy eres una parte esencial de mi ser, y si tú me faltases es como si faltase la mitad de mi yo, sino aun por razones de egoísmo. Sería desgraciado con cualquiera otra mujer. Dios te ha dotado, hermosa mía, de todas, absolutamente de todas las cualidades necesarias para hacerme feliz.
La niña comprendió bien que aquellas palabras eran sinceras y miró á su marido con entusiasmo y alegría. La pobrecilla se conformaba de todo corazón con que se divirtiese, con tal de que no se casara.
Miguel, al pronunciar las últimas palabras, se había enternecido. Tapóse los ojos con la mano y volvió la cabeza. Al verle en aquella actitud, una sonrisa de gozo iluminó el semblante de su esposa.
—¿Lloras?—le preguntó al oído.
Miguel no contestó.
—¿Lloras?—volvió á decir.—Lloras, sí; no me lo niegues.
Y trató de separarle las manos de la cara con infantil curiosidad.