—No lloro por eso precisamente—respondió ella haciendo esfuerzos por sonreir.—¡De pocos días á esta parte tengo unas ideas tan tristes!

—¿Qué ideas?

—Se me figura que voy á morirme pronto.

—¡Ave María, qué atrocidad! ¿De dónde sacas tales aberraciones?

—No sé de dónde—replicó la niña sonriendo y resbalándole, sin embargo, las lágrimas por las mejillas.—Lo que siento es dejar á mi hijo tan pequeñito.

—¡Vamos, no desbarres!—dijo Miguel con impaciencia.—Esas ideas lúgubres son producidas por la tristeza que mi viaje te ocasiona. Por lo demás, aunque todos estamos sujetos á la muerte, no hay motivo alguno para pensar que tú estés cerca de ella. Eres una niña de diez y siete años. No has estado en tu vida un solo día en la cama, como no sea ahora, en el parto. Gozas de una salud á toda prueba... Más natural es que yo muera antes que tú. Te llevo una porción de años. Luego tengo una naturaleza endeble, como sabes...

—¡Calla, calla!—exclamó Maximina abrazándole y llorando perdidamente.—Yo no quiero oir que te has de morir.

—Pues hija, no hay más remedio.

—Pues yo no quiero oirlo, ¡no quiero! ¡no quiero!—replicó con una resolución tan graciosa, que el esposo la cubrió de besos.

Al cabo de un rato, y cuando ya habían hablado de otra cosa, Maximina volvió al mismo tema.