Escuchando de lejos el ruido de la murga y los cánticos, exclamó Miguel:
—¡Qué boda tan feliz la de estos muchachos! No se pronunciarán brindis ni se leerán poesías.
XXI
ON las debidas precauciones, esto es, insinuándole primero la idea vagamente, precisándola después cada vez más, comunicó Miguel á su esposa la necesidad de ir á Galicia unos días. Recibió ésta la noticia con espanto; pero viendo que su marido se impacientaba, hizo un esfuerzo sobre sí misma, y se serenó, y hasta en lo sucesivo procuró mostrarse alegre. Mas hallándose, como siempre después de almorzar, sentada sobre las rodillas de su esposo, mientras «el pillo de playa» dormía, y poniéndose á hablar de la ropa que el viajero había de llevar en su excursión, se le saltaron las lágrimas cuando menos podía presumirse.
—¡Qué chiquilla!—dijo Miguel besándola.—¡Por unos días de separación!