Maximina sonrió apretando la mano de la chula con afecto.
El cura bendijo la unión de los novios en la sacristía: después pasaron á la iglesia y oyeron misa y comulgaron.
Cuando salieron á la calle, eran ya las ocho bien sonadas. La comitiva había engrosado notablemente. Pasarían de sesenta las personas que rodeaban á los desposados. Como en el cuarto de la calle del Baño no podía tomar chocolate tanta gente, ya se había decidido días antes que fuesen al café de Cervantes, que está cerca de la iglesia. Allí entraron, en efecto, y casi lo ocuparon por completo. Las conversaciones se animaron de tal manera, que al poco rato, apenas se oía nadie. Enrique, rojo por la emoción, se sentó en una mesa con Miguel y empezó á desahogar su pecho con notable verbosidad.
—Ya sé yo, Miguel, que podría casarme con una señorita; pero ¿sabes tú? á mí no me ha dado nunca por las señoritas. Dicen que es que no tengo conversación. Podrá ser. Vamos á ver, Miguelillo, ¿no vale más mi flamenca que todas las señoritas de alfeñique que van á la Castellana? Y además, sabe trabajar, lo que no sabe ninguna de esas cursis; y sabe vivir con dos pesetas al día; y sabe ponerse un pañolito en la cabeza, ¿entiendes? y plantarse en la plaza de la Cebada donde las legumbres son más baratas. Y cuando vayamos al teatro no necesito llevarla á un palco ni á las butacas; con un par de paraísos vemos la función y quedamos tan contentos. Y si hace falta, ella misma se guisa la comida; y no necesito andar con ella todo el día del brazo haciendo visitas. ¡Al pelo, chico! Mira, yo ahora que estoy en activo, vengo á tener unos cuarenta y tres duros de paga. El cuarto me cuesta siete. Quedan treinta y seis. ¡Vivimos, Miguelillo, vivimos! Mi madre me prometió además ayudarme: me dará los garbanzos y el chocolate, y alguna cosita por debajo de cuerda, ¿sabes? Tenemos puesto el cuarto, ¡buen trabajo me ha costado! Hace cerca de un año que no tomo café, ni voy al teatro, ni fumo más que pitillos; todo por ahorrar para los dichosos muebles. ¡Hombre, con decirte que he tirado con un sombrero todo el año, y que he compuesto unas botas tres veces! Pero todo lo hacía con gusto por mi chulilla, que vale un Perú. ¡Mírala, mírala qué ojazos nos echa!
Era tan comunicativa la alegría de Enrique, que Miguel siempre estaba contento á su lado.
Este muchacho le había hecho pensar muchas veces que para ser feliz en el mundo bastaba creérselo.
Aún no habían concluido de tomar chocolate, cuando se abrieron las puertas del café y penetraron seis ó siete menestrales, que formaban con instrumentos de metal una horrísona y fementida murga, la cual entonó acto continuo un vals ó cosa así. Pues en vez de escapar y refugiarse en la buhardilla, aquella gente la recibió como si fuese la Sociedad de Conciertos, y se puso á acompañar el vals con la boca y con las cucharillas, que el mismo diablo no pararía allí.
Maximina se levantó, no por el ruido, sino porque estaba impaciente por su niño, que acaso ya tendría hambre. Manolita la miró con ojos tímidos como recordándole su promesa. La esposa de Miguel la abrazó y la besó tiernamente, diciéndole al oído:
—Irá usted por casa á conocer á mi chico, ¿verdad?
Cuando marido y mujer salieron del café iban contentos.