—Una lechera que se casa con un señorito: mírelo usted, es aquel que va delante—contestaba una chula parada delante de la tienda.
—Aquella que va allí en el medio de todos con una señorita.
—¡Hermosa pieza! Tiene gusto el señorito. Yo me casaría lo mismo con ella.
—¡Aja! ¡Misté qué gracia!
—Y contigo también, barbiana.
—¡Ay, que me muero! Buen hombre, perro nuevo y perro viejo, nunca han hecho buen trebejo.
—Señorita—le decía en tanto Manolita á su madrina,—nunca podré pagarle el favor que me hace. ¡Razón tenía Enrique en deshacerse en elogios de usted!
—¡Oh! Por Dios, no me llame usted señorita. Yo soy su prima. Quisiera que usted me tutease.
—¡Eso nunca! Lo que voy á pedirle por favor es que cuando estemos en casa, me deje darle una docena de besos.