El día señalado fué un miércoles, y la hora las siete de la mañana. Amaneció hermoso y espléndido. En las calles de Madrid no se veía pizca de lodo. El que ensució el decoro de la familia Rivera era puramente metafórico. Miguel y Maximina fueron á casa de la desposada, que era un cuarto tercero de la misma calle del Baño, sin vistas á la calle. Enrique lo había alquilado de acuerdo con su novia, y lo había alhajado poquito á poco, llevando todos los días, como un jilguero, su pajita en el pico; un día el aparador, otro la mesa, otro dos sillas de rejilla, más adelante algunas docenas de platos y así sucesivamente. El nido resultaba pobre y pequeñito, pero agradable como todo lo que es nuevo y arreglado por y para el amor.
Enrique no había mentido. No se veía ninguna dama ni caballero de levita, exceptuando el padrino, que traía una, bien atrasadilla por cierto. En cambio las buenas mujeres que allí estaban y chulas lindísimas, ostentaban en su traje un lujo pintoresco muy grato de ver: ricos mantones de Manila floreados de mil colores, extendidos casi hasta el suelo; encima la mantilla de encaje ó de felpa; zapatos de charol descotados; en las orejas largos pendientes de perlas; en los dedos enormes sortijas de diamantes. El peinado de todas era casi idéntico; partido por el medio, moño atrás empingorotado y sortijillas en las sienes. Los hombres vestían en su mayoría chaqueta y sombrero de ala ancha; pero había bastantes toreros, amigos todos del novio, y éstos llevaban chaquetillas bien ceñidas de terciopelo ó paño fino, según su categoría en el arte, pantalón ajustado y camisa bordada con grandes brillantes en la pechera.
No había ningún individuo de la familia más que Miguel. Julita, que por éste lo había sabido, hubiera querido ir; pero se lo prohibió su madre. Enrique no invitó tampoco á los amigos de su clase por la razón que había dado á Maximina, esto es, por no avergonzarlos.
Cuando la esposa de Miguel se presentó oyóse un murmullo de respeto y simpatía entre los convidados. Los hubo entre ellos tan finos, que hasta se quitaron el sombrero. Manolita, que entre paréntesis, estaba preciosa con su trajecito negro de merino y mantilla de terciopelo, al verla entrar quedó confusa como si fuese la reina, y se dirigió á ella temblando y ruborizada.
—Señorita... mucho le agradezco... ¿Cómo sigue usted?
¿Pero no habíamos quedado en que Manolita era una chula desgarrada, y temible si las hay? dirán los lectores. Pues ahí verán ustedes. La mayor parte de estas chulas son en el fondo, siguiendo la expresión vulgar, unas infelices. La cáscara es lo único terrible que hay en ellas.
Lo raro en este caso es que Maximina estaba tan colorada y confusa como ella. En vez de entonarse ó afectar un continente protector, como muchas harían al verse entre gente plebeya, nuestra niña parecía que acababa de entrar en una asamblea de príncipes.
Púsose en marcha la comitiva hacia San José. Pero antes que se nos olvide diremos que entre los convidados se hallaba el diestro José Calzada (a) el Cigarrero, con su cuadrilla, de la cual, por desgracia, faltaba el simpático Baldomero. El matador de toros estrechó con respeto la mano da Maximina, y ésta, que había derramado lágrimas cuando Miguel le describió la muerte del Serranito, le demostró en la mirada, más que con las palabras, la simpatía que su noble conducta le inspiraba. Manolita le presentó también á su padre, aquel pavoroso cíclope que ya conocemos, el cual, por fortuna, aún no había tenido tiempo de emborracharse. Para saludarla se despojó del sombrero, que bien pesaría media arroba, y dejó escapar una serie de gruñidos tan odiosos, que la esposa de Miguel quedó helada de espanto.
La casa de la calle del Baño estaba toda en conmoción con aquella boda. El cortejo de los novios hacía un ruido infernal por la escalera. Las vecinas abrían sus puertas para verlos pasar. En la calle la gente también se paraba y se oían las voces de «¡una boda! ¡una boda!» y las preguntas de los transeúntes:
—¿Quiénes son?—preguntaba un viejo tendero.