—Es verdad, un toro muerto por mí vale poca cosa. Pero te aseguro que he de conseguir, ó poco he de poder, que Lagartijo, el mismo Lagartijo, te lo brinde en una corrida de abono.
—No lo decía por eso, sino porque yo no voy nunca á las corridas de toros.
—¿Qué, no te lleva Miguel? ¡Valiente sin vergüenza! No tengas cuidado, hija: déjalo de mi cuenta, que para la primera corrida no os ha de faltar un palco ó cuando menos dos delanteras de grada.
El padrino designado para acompañar á Maximina fué un capitán de caballería, antiguo compañero del novio.
—Sentiría que no fuese de tu agrado, madrina. (Desde aquel momento hasta el fin de sus días Enrique no volvió á llamar otra cosa á la esposa de Miguel.) Porque aunque es un hombre notabilísimo, es bastante peña, ¿sabes?
—No entiendo...
Miguel se echó á reír.
—Que no le gusta el trato de las señoras.
—¡Ah! bueno—replicó la niña,—procuraré no molestarle.
—¡Qué has de molestar tú, lucero de la mañana—exclamó Enrique volviendo á ponerse loco,—si vale más oirte á ti hablar que á Tamberlik el credo del Poliuto! Lo que yo siento es que él no sepa decir esta boca es mía.