La niña le miró asombrada.
—Sí; allí no irán más que mujeres del pueblo; pescaderas, fruteras, taberneras, etc.
—¿Y qué importa que vaya quien vaya? Seré madrina si tú me quieres. ¿Soy yo por ventura alguna princesa?
—¡Lo que eres tú, un ángel!—exclamó Enrique poniéndose loco en el mismo instante. Para dar testimonio de ello, echó el sombrero al alto como antes lo había arrojado contra el suelo: acto continuo, se lanzó al aire en su seguimiento, haciendo tres ó cuatro piruetas portentosas: abatiéndose de pronto, tomó las manos de Maximina y comenzó á besarlas con frenesí.
—Me dispensarás este arranque, ¿verdad, Miguel? Tienes una mujer mejor que si fuese de oro y brillantes.
—Ya lo creo. ¿Qué iba á hacer yo con una mujer de oro y brillantes?
—Hombre, no seas material; es un decir. Maximina, todo él mundo habla bien de ti... hasta mi hermana Eulalia, que es cuanto se puede imaginar. Pero nadie sabe bien lo que vales. En cuanto mate otra vez, te brindo el toro.
—¡No, Enrique, no!—dijo la chica riendo.
La cara de aquél volvió á oscurecerse.