Al fin, á fuerza de ruegos, declaró que, si Maximina le hacía el honor de ser la madrina de su boda, se consideraría el ser más dichoso del universo. Después de haberlo dicho le pesó. Y viendo que Miguel quedaba pensativo, se puso tan afligido, que arrojó el sombrero contra el suelo y comenzó á llamarse bruto y á mesarse los cabellos.

—¿Qué es eso, Enrique, te has vuelto loco? Por mi parte no hay inconveniente en que lo sea. Pídeselo á ella, y si te lo concede está hecho.

—No; yo no se lo pido. Manolita es una chica honrada, pero de una clase muy humilde. Todos los que vayan á la boda van á ser también hijos del pueblo... gentuza, ¿sabes, chico? Hay que decir las cosas por su nombre. Tu mujer no querrá estar allí, y con razón.

Miguel se levantó de su asiento, asomóse á la puerta y gritó:

—¡Maximina!

Al instante se presentó la niña.

—Enrique te viene á suplicar que seas madrina de su boda. ¿Aceptas la invitación?

—¡Oh! ¿Conque te casas, al fin? Pues ya lo creo que tendré mucho gusto en ser madrina.

El semblante de Enrique se iluminó como si en aquel punto estuviese mirando desfilar todos los ángeles, arcángeles, tronos y dominaciones del cielo. Mas poniéndose repentinamente serio y enfurruñado:

—No, Maximina; tú no puedes ser madrina. Á mi matrimonio no irán personas de tu clase.