Dos días antes de empezar dicho período, cuando los partidarios de la Casiña andaban alegres y descuidados, y mustios y emberrenchinados los de la Casona; cuando se susurraba y aun se daba por segura la retirada de Corrales, y Miguel se disponía á regresar á la corte, pues su presencia ya no era necesaria en el distrito, he aquí que cae en Serín, como una bomba, la noticia de haber sido repuestos los Ayuntamientos suspensos. Por desgracia la noticia era exacta. Los amigos de D. Servando, después que se hubieron repuesto un poco de la sorpresa (pues en un principio ni acertaban á hablar siquiera), convinieron en que era una equivocación ó había pasado «algo gordo» en Madrid. Como no había telégrafo para entenderse con el Gobernador, Miguel decidió, acto continuo, alquilar un coche y plantarse á escape en la capital.

Á pesar de la cordialidad con que le recibió, de los abrazos efusivos y la sonrisa campechana, nuestro candidato vió claramente en los ojos del Gobernador que algo tenía en la trastienda y desde luego se propuso sacarlo á luz cuanto antes. Comenzó, pues, á estrecharle con preguntas, á las cuales el jefe civil de la provincia contestaba en términos vagos. Nada sabía de las causas de aquella reposición. Acaso surgirían dificultades en el Consejo de Estado... Acaso el ministro consideraría innecesaria la suspensión para ganar las elecciones...

—Si el ministro lo ha hecho por sí solo, sin el acuerdo del Presidente, no ha obrado bien. ¿Tú crees que el Presidente tiene noticia de lo que ocurre?—preguntó Miguel.

—Hombre, yo no sé...

—Es que tengo su palabra terminante de que el Gobierno me apoyará con todas las fuerzas de que dispone. Sin esta palabra nunca me hubiera presentado candidato por un distrito que no conocía...

—Chico, no sé... no sé...

—Castro—dijo Miguel apretándole fuertemente una mano y mirándole con severa fijeza.—Eres mi amigo, y vas á decirme la verdad... ¿Qué ocurre?

—Ya comprenderás que mi posición no me permite hablarte con franqueza. Si pudiera lo haría.

—Ó eres ó no mi amigo. Díme lo que ocurre—insistió Miguel con energía.

—Pues bien, si me das tu palabra de caballero de que no harás uso ninguno de ello, te lo diré.