—Te la doy.

—¡Mira que te obligas á mucho!

—Te la doy. Habla.

—Quedamos en que no harás nada que signifique que sabes lo que voy á revelarte... Observando desde hace algún tiempo, y sobre todo en estos últimos días, que respecto á tu elección el ministro cerdeaba bastante, y sabiendo la amistad que te une al Presidente y las conferencias que con él has tenido, quise consultar con éste para saber de una vez á qué atenerme. Ayer telegrafié á su secretario. Mira la contestación que he recibido.

El Gobernador mostró un telegrama descifrado ya que decía:

«Candidato oficial.—D. Miguel Rivera.

Diputado.—D. Manuel Corrales.»

Miguel lo retuvo algún tiempo entre las manos. Dibujóse en sus labios una sonrisa triste é irónica.

—Está bien—dijo, arrojándolo sobre la mesa.—Una pedrada más de las muchas que el mundo me ha tirado.

—Lo siento en el alma, chico. El Presidente se habrá visto apretado; porque ya ves, Corrales es una persona muy importante de la situación pasada... Mañana puede ser ministro... y la política es así, chico... Hoy por tí y mañana por mí.