—Sí, á las cuatro.
—Entonces no volverás á casa de Maximina hasta que hayas dado la lección—volvió á decir con más indiferencia si cabe.
—Desde luego: no es cosa de andar yendo y viniendo—contestó la brigadiera.
Pasaron al gabinete, y Julita se sentó al piano y don Alfonso al lado de ella. Las ternezas que el primo la susurraba apagábalas la gentil chiquilla con un forte oportuno.
—Hoy te brillan los ojos de un modo, Julia, que si algo te faltase por quemar en mi corazón, habría que tocar á fuego ahora mismo.
—¡Pedal, pedal!—gritaba la niña riendo, y sofocaba las últimas palabras del lechuguino con un horrísono tecleo.
Levantaba de nuevo su piececito del pedal y comenzaba á tocar nuevamente. D. Alfonso aprovechaba algún morrendo para decir:
—Julita, te adoro; te quiero más que á mi vida...
—¡Pedal! Pedal!—tornaba á exclamar la niña; y no le dejaba concluir.
Mas al poco rato de hallarse de aquella suerte embebidos, D. Alfonso exclamó, llevándose una mano á la frente: