—¡Vete, vete, embustero!
La berlina, según había ordenado al cochero, le esperaba en la esquina de la calle. Encendió un cigarro habano y dijo cerrando la portezuela:
—A casa de los Sres. de Rivera.
Cualquiera que le hubiera visto reclinado en el fondo del carruaje con el cigarro entre los dientes, le diputaría por un elegante aburrido que iba á dar una vuelta por la Castellana.
No obstante, la misma arruga, signo de intensas cavilaciones, que había aparecido en su frente cuando se despidió de Miguel en el Ateneo, surcábala ahora, quizás más honda y más oscura.
—A las seis, como siempre, en el Suizo—dijo al auriga bajándose del coche.
Y con lento paso, el semblante algo pálido, penetró en el portal de la casa de Miguel y subió la escalera.
Tiró de la campanilla con fuerza, como amigo familiar y mimado.
Salió á abrirle Plácida.
—¡Señorito, buenos ojos le vean!—exclamó con la simpatía que inspiran á las domésticas las visitas de la casa, cuando son buenos mozos.