Ésta apenas pudo articular la contestación. Su mano temblaba fuertemente.

—¿Qué es eso, tiembla usted?—dijo el caballero reteniéndola un momento en la suya.

Nada contestó.

—Si fuese un enemigo el que aquí entrase, comprendo ese temblor; pero siendo un amigo tan apasionado... tan estúpidamente apasionado como yo lo soy de usted... Digo mal en llamarme su amigo: mejor haría en llamarme su esclavo, porque desde hace mucho tiempo ejerce usted sobre mí un dominio absoluto.

El rostro de la niña estaba contraído por una sonrisa, que más parecía mueca de terror. Sus ojos expresaban el mismo espanto. Quiso decir algo, pero la voz expiró en su garganta.

—El último día que hablé con usted, Maximina—siguió diciendo el andaluz, después de sentarse á su lado,—me aventuré á manifestarle algo de lo que pasaba dentro de mi corazón. Acaso haya cometido una tontería; pero el paso está dado y no puedo volverme atrás. Necesito completar hoy lo que entonces no hice más que indicarle; necesito expresarle á usted, aunque sea bien difícil, el amor, la idolatría que usted me inspira, las terribles congojas que desde hace un mes he experimentado, el estado de verdadera locura á que su crueldad me ha conducido...

Maximina seguía muda. Parecía la estatua de la desolación.

—Voy á contárselo á usted todo, ¡todo! ¿No es verdad que me perdonará usted, hermosa Maximina?

Y el osado caballero pronunció estas palabras con voz insinuante, melosa, apoyando suavemente al mismo tiempo la palma de su mano sobre el dorso de la de Maximina. Esta la retiró como si la hubiese tocado un animal inmundo, y poniéndose de pie como empujada por un resorte, corrió á la puerta, la abrió y entró en la sala. D. Alfonso la siguió y la retuvo por un brazo. Ella entonces, sacudiéndose con fuerza singular, se desprendió; pero en vez de huir se quedó frente á frente de él con las mejillas inflamadas y mirándole con unos extraviados ojos que daban miedo.

La verdad es que entre las muchas actitudes que había imaginado que la esposa de Miguel podía tomar, nunca había podido Saavedra representarse aquella. Esperaba repulsas, frases de indignación, hasta injurias, y tenía preparado para este caso un continente frío y sosegado: esperaba la orden de irse inmediatamente, la amenaza de gritar, y también tenía aparejado lo que había de decir para apaciguarla inmediatamente: por último, allá en el fondo del alma, su presunción le adulaba diciéndole que Maximina no podría resistir mucho tiempo á su atractivo y á su gloria de seductor. Mas aquellas extrañas huidas, intempestivas, aquel mudo terror, le sorprendieron y un poco le desconcertaron.