—¿Qué va usted á hacer, Maximina?—le dijo, aunque la niña no decía nada; pero le convenía prevenirla para cualquier evento.—Si usted grita ó llama á sus criadas, se compromete usted muy seriamente; habrá un escándalo, se enterará todo el mundo, incluso su marido, y usted irá perdiendo mucho más de lo que se figura... Vamos, sea usted razonable,—añadió en el tono meloso que había usado antes, y acercándose á ella.—La cosa no es para tomada de ese modo trágico. Que yo esté enamorado de usted perdidamente, no tiene nada de particular, ni tengo culpa de ello, sino Dios que la ha hecho tan hermosa, tan dulce, tan simpática... Y que usted me concediera un pequeño favor... que me permita besarla una mano en pago de tanta adoración, de tantas amarguras y tristezas como en este último mes he pasado, creo que tampoco tendría mucho de extraño. Sería en usted, no una prueba de amor, que ya sé que no la merezco, sino de su caridad, de su carácter bondadoso, que ni aún en ocasiones como ésta puede desmentirse. Este favor, que aunque insignificante para el mundo y para la conciencia, para mí sería inmenso, quedaría secreto hasta la muerte entre los dos... Mi agradecimiento por él sería eterno... Vamos, hermosa Maximina, no desmienta usted su bondad... Se lo pido á usted de rodillas. Déjeme usted poner los labios en su mano y me marcho tranquilo y feliz... ¿Quiere usted más humildad?
El audaz, cuanto astuto caballero, al pronunciar estas últimas palabras, había doblado, en efecto, la rodilla, y se apoderó de una mano de la niña. Pero ésta se la arrancó con sorprendente braveza y echó una mirada de angustia en torno, como buscando socorro. Después huyó como un relámpago al despacho de Miguel. D. Alfonso la siguió también corriendo. La niña se acorraló detrás de la mesa y volvió á arrojarle aquella pavorosa y extraviada mirada, propia, en realidad, de una loca.
Miguel había dejado sobre la mesa, abierto, su estuche de navajas de afeitar, y la que había usado, encima de él, abierta también. Por un refinamiento amoroso, Maximina no había querido tocar en estos objetos, ni que nadie tocase, dejándolos así hasta su regreso. Rápidamente se apoderó de aquella navaja, y acercándosela á su cuello dijo con voz ronca:
—¡Si usted me toca otra vez, me mato! ¡Me mato!
Fueron las primeras palabras que salieron de su boca en aquella escena, que duró pocos minutos.
El acento con que las pronunció y la mirada con que las acompañó, no daban lugar á duda. Aunque no llegase á matarse, Saavedra comprendió que se daría una cuchillada, correría la sangre y habría en la casa un serio conflicto del cual no saldría bien librado. Por eso se apresuró á decir:
—No la tocaré. Pierda usted cuidado.—Y luego añadió con sonrisa irónica, en tono que rebosaba de despecho:—Vaya, vaya; donde menos se piensa salta una Lucrecia. Si fuese pintor, Maximina, la retrataría á usted así, con el brazo levantado, y la mandaría á la exposición. Un poco prosaico es eso de la navaja; pero tales son los tiempos. Las Lucrecias ahora, en vez de puñal cincelado, gastan navaja de afeitar.
Quizá el desabrido tenorio hubiera seguido dirigiendo á su pretendida víctima otras groseras y cobardes burlas como estas: mas en aquel momento el oído de Maximina percibió hacia el gabinete el blando y levísimo quejido del niño que se despertaba. Era tan leve, que sólo una madre podía oirlo á aquella distancia.
Soltó la navaja y exclamó:
—¡Hijo de mi alma, allá voy!