Pasó como una saeta por delante de D. Alfonso. Si éste tratase de retenerla, es casi seguro, dado el ímpetu que llevaba y su robusta musculatura, que le hubiera volcado.
No pensó en semejante cosa el caballero. Lo que hizo fué girar sobre los talones, tomar el sombrero y marcharse á esparcir su mal humor y despecho á la Castellana.
Maximina se serenó pronto. Sin embargo, pocas horas después comenzó á sentir un frío intenso que la obligó á meterse en la cama y á pedir una taza de tila. Al día siguiente estaba ya buena. Pensó en escribir á Miguel rogándole que viniese; mas en seguida comprendió que se vería obligada á darle alguna razón, y no la tenía. ¿Y si sospechaba algo y la forzaba á declarar lo que había pasado? De seguro se desafiaría con Saavedra, y como éste era un espadachín, le mataría.
—¡Oh! ¡Primero me mataría yo que decírselo!
Y la fiel esposa, al pensarlo, se estremeció de horror.