A fracasado la primera parte de mi plan: vamos á ver si en la segunda soy más feliz—se dijo D. Alfonso al salir de casa de Miguel.

Pasó aquella tarde, mientras su mirada vagaba perdida por la balumba de coches que trotaban por la Castellana, meditando odiosos y atrevidísimos proyectos, que pronto vamos á conocer.

En los días que siguieron comenzó á mostrarse más rendido y apasionado con su prima, pasando largas horas en su compañía. No le faltaba ya á Julita más que este súbito ardor de su galán para volverse loca. La aspereza de su temperamento inquieto y bravío se había trocado hacía tiempo en mansedumbre. D. Alfonso, gracias al vituperable descuido de la brigadiera, usaba con ella ciertas libertades, inocentes sí, pero muy peligrosas. Cuando la hubo hecho su esclava, le dijo un día:

—Julita, ¿quieres casarte conmigo?

—¡Qué preguntas!—exclamó la niña, poniéndose como una amapola.

—Bien; quedamos en que me aceptas por marido.

—¿Quién te ha dicho eso, majadero?

—Me lo has dicho con esos ojos pícaros, desde que te conocí. No lo niegues, Julia.

—¡Tonto! ¡tonto! ¡insufrible!—exclamó la niña, queriendo enfadarse.